Una de las bromas que nos hacían a los niños antiguos, pasada la cena, a la hora siempre prematura de irse a la cama, de deportarnos a la soledad fría del dormitorio mientras ellos seguían en sus cosas, era decirnos, en un tono de promesa: “Y ahora nos vamos al cine”. Nosotros sabíamos que eso era imposible, y que el adulto se estaba burlando, y sabíamos tan bien como él cuál sería el final de la broma, pero a pesar de todo no podíamos evitar una palpitación de entusiasmo, la disponibilidad del niño para lo inusitado. ¿Y si fuera verdad que no nos mandaban a la cama, sino que nos iban a regalar el prodigio inverso, a esa hora, el de ir al cine y ver una película? Al fin y al cabo los mayores eran capaces de decisiones sorprendentes. En un mundo sin televisión, el cine, las películas en sí, los lugares en los que se proyectaban, el camino hacia ellos, constituían un universo de maravilla, literalmente incomparable: no había nada que se pareciera al cine, al resplandor de sus ...