UD15. Comunicación escrita





Una de las bromas que nos hacían a los niños antiguos, pasada la cena, a la hora siempre prematura de irse a la cama, de deportarnos a la soledad fría del dormitorio mientras ellos seguían en sus cosas, era decirnos, en un tono de promesa: “Y ahora nos vamos al cine”. Nosotros sabíamos que eso era imposible, y que el adulto se estaba burlando, y sabíamos tan bien como él cuál sería el final de la broma, pero a pesar de todo no podíamos evitar una palpitación de entusiasmo, la disponibilidad del niño para lo inusitado. ¿Y si fuera verdad que no nos mandaban a la cama, sino que nos iban a regalar el prodigio inverso, a esa hora, el de ir al cine y ver una película? Al fin y al cabo los mayores eran capaces de decisiones sorprendentes. En un mundo sin televisión, el cine, las películas en sí, los lugares en los que se proyectaban, el camino hacia ellos, constituían un universo de maravilla, literalmente incomparable: no había nada que se pareciera al cine, al resplandor de sus imágenes desmesuradas (…) Ir al cine, en verano, era escuchar de lejos la música de los anuncios del cine al aire libre, y avanzar por un pasillo de grava y con olor a dondiego de noche hasta desembocar delante de la pantalla inmensa, iluminada de luz blanca, recortada contra un cielo nocturno en el que entonces se distinguía sin dificultad la Vía Láctea.
Y en invierno ir al cine era internarse medrosamente en vestíbulos con moqueta roja y con columnas de purpurina dorada que para nosotros tenían un esplendor oriental, y ver desde arriba, desde el graderío de tablas desnudas del gallinero, una pantalla en la que las imágenes siempre cobraban una distorsión de encuadre expresionista, y adquirir también conciencia de las jerarquías sociales y del sitio que nos tocaba en ellas. (…)En todo eso pensaba insensatamente el niño antiguo cuando le anunciaban de pronto que en vez de irse a la cama lo iban a llevar al cine. Y a continuación sonreían, o soltaban directamente una carcajada, y decían lo que ya sabíamos que iban a decir (…):
 (…) En nuestro dormitorio a oscuras, pugnaces contra el sueño, arrebujados en colchas y mantas contra el frío, era otro cine de las sábanas blancas el que habitábamos, no la sábana tensa como una vela de la pantalla, que en los cines de verano se ondulaba en las noches de viento, sino las sábanas mismas de nuestra cama, de nuestro insomnio febril, en el que proyectábamos películas secretas, imaginadas con un lujo de superproducciones de domingo de estreno (…). En el cine de las sábanas blancas se proyectaba la película de miedo de las sombras en el dormitorio, de la negrura entreabierta del armario y los crujidos de pasos o de criaturas al acecho. Y era en esa misma pantalla donde a la mañana siguiente nos parecía haber visto las imágenes de los sueños, que solían ser a todo color, pero no tenían sonido, como en un futuro tecnológico alternativo en el que hubiera llegado el cine en color, pero no el sonoro.
Hasta imaginar y escribir novelas tiene una parte de cine de las sábanas blancas, y leerlas también: imágenes muy precisas, pero también incompletas, que no ve nadie más, que se proyectan como en una sala oscura, en una soledad sin testigos, o en compañía de sombras de desconocidos, en un sueño simultáneo.

Después de la lectura de El cine de las sábanas blancas de Antonio Muñoz Molina, contesta a las siguientes preguntas:
·   ¿A qué se refiere el autor cuando habla del “cine de las sábanas blancas”?
·   ¿Cómo veía el cine él cuando era pequeño?
· ¿Crees que existe una relación entre literatura y cine? ¿Se puede hablar de lenguaje cinematográfico?
·   ¿Sabes lo que es un plano? ¿Puedes citar algún tipo?
·   Explica lo que es el montaje en el cine.
·   ¿Sabes lo que es un travelling?





Os proponemos viajar a una sala de guionistas preparados para crear, este es uno de los ejercicios que usan los escritores. ¿Lo ponemos en marcha?



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