UD7. Comunicación escrita
Los
jóvenes sólo utilizan 240 palabras del diccionario (y este rap le pone
solución)
Los
jóvenes solo usan 240 palabras de las 94.000 que recoge el diccionario español. Esta es la escalofriante cifra que estima Fundéu, que también
afirma que el vocabulario de un adulto tampoco es mucho más amplio: solo se
utilizan unas 2.000 palabras de las más de 90.000 a su disposición.
Para poner
solución al alarmante problema con un toque de humor, el cómico y youtuber Alfonso
Martínez (más conocido como ‘El Mora’) ha creado –en colaboración con Proximity–
el rap Cómo rapear con
#PalabrasOlvidadas. La canción incluye 44 palabras en desuso y
contribuye a incrementar el vocabulario de los jóvenes hasta un 18%. Más de
4.500 escuelas e institutos tendrán a su disposición el rap y un cuaderno
electrónico de ejercicios para mejorar su vocabulario.
La elección
del rap como formato no es casualidad. Varios estudios afirman que este tipo de
expresión rítmica facilita la retención (todos sabemos que es más fácil
memorizar las preposiciones si les das ritmo). Así la canción recupera palabras
como mamotreto, manjar, triquiñuela, ubérrimo o turulato. No tiene desperdicio:
Los autores tampoco han perdido la oportunidad
de fomentar el sentido crítico de los estudiantes hablando de la corrupción (Quedo: como quedo por mucho que nos hurten /
Retahíla: un ejemplo… Taula, Púnica y la Gurtel), de la
emancipación antes de los 30 (Entelequia:
irse de casa antes de cumplir los treinta / Fetén: que de milagro te devuelvan
en la renta), del rechazo a las drogas (Si te ofrecen farla, coca, pollo… diles que Nanay) o
de métodos anticonceptivos (Vástago:
si quieres evitarlo usa condones).
Escribe todas las palabras que
desconoces en tu cuaderno y, con esta idea en la cabeza, crea un nuevo rap,
esta vez la letra de tu canción debe tener un diccionario de las nuevas
palabras que personas más mayores que tú desconocen. Tal vez podríamos
contactar con El Mora para contarle nuestras ideas musicales.
El
Perfume
Empezaremos este tema
con la lectura del fragmento inicial de la novela El perfume de
Patrick Süskind, la cual nos llevará a reflexionar acerca del poder sugestivo
del olfato. Veremos qué olores nos gustan, cuáles nos desagradan y cuáles
tienen el poder de llevarnos a otros momentos de nuestra vida.
Veremos después un par
fragmentos de la película Amelie de Jean-Pierre Jeunet y ahora
ahondaremos en esos pequeños placeres sensoriales de los que todos gozamos de
una manera muy personal. Por ejemplo, comprobaremos que a Amelie le resulta muy
gustoso meter la mano en un saco de legumbres. ¿Y a ti?, ¿qué sensaciones te
causan placer?
A continuación
leeremos una entrevista al dramaturgo británico Peter Brook sobre la sinestesia
y sabremos que hay personas que tienen la capacidad de saborear sonidos, de ver
colores cuando escuchan una palabra o de oler una caricia. ¿Hay algún un
sinesteta entre nosotros?
En
conclusión, despertaremos nuestros sentidos y crearemos relatos, poesías y
videopemas a partir de todas estas sensaciones.
Era como el país de
Jauja. Solo el vecino barrio de Saint-Jacques-de-la-Boucherie y de Saint
Eustache eran Jauja. En las calles adyacentes a la Rue Saint-Denis y la Rue
Saint-Martin la gente vivía tan apiñada, las casas estaban tan juntas una de
otra, todas de cinco y hasta seis pisos, que no se veía el cielo y el aire se
inmovilizaba sobre el suelo como en húmedos canales atiborrados de olores que
se mezclaban entre sí: olores de hombres y animales, de comida y enfermedad, de
agua, piedra, cenizas y cuero, jabón, pan recién cocido y huevos que se hervían
en vinagre, fideos y latón bruñido, salvia, cerveza y lágrimas, grasa y paja
húmeda y seca. Miles y miles de aromas formaban un caldo invisible que llenaba
las callejuelas estrechas y rara vez se volatilizaba en los tejados y nunca en
el suelo. Los seres humanos que allí vivían ya no olían a nada especial en este
caldo; de hecho, había surgido de ellos y los había empapado una y otra vez,
era el aire que respiraban y del que vivían, era como un ropaje cálido, llevado
largo tiempo, que ya no podían oler y ni siquiera sentían sobre la piel. En
cambio, Grenouille lo olía todo como por primera vez y no solo olía el conjunto
de este caldo, sino que lo dividía analíticamente en sus partes más pequeñas y
alejadas. Su finísimo olfato desenredaba el ovillo de aromas y tufos,
obteniendo hilos sueltos de olores fundamentales indivisibles. Destramarlos e hilarlos
le causaba un placer indescriptible.
Se detenía a menudo,
apoyándose en la pared de una casa o en una esquina oscura, con los ojos
cerrados, la boca entreabierta y las ventanas de la nariz hinchadas, como un
pez voraz en aguas caudalosas, oscuras y lentas. Y cuando por fin un hálito de
aire le traía el extremo de un fino hilo odorífero, lo aprisionaba y ya no lo
dejaba escapar, ya no olía nada más que este aroma determinado, lo retenía con
firmeza, lo inspiraba y lo almacenaba para siempre. Podía ser un olor muy
conocido o una variación, pero también podía tratarse de uno muy nuevo, sin
ninguna semejanza con ningún otro de los que había olido hasta entonces y,
menos aun, visto: el olor de la seda planchada, por ejemplo; el olor de un té
de serpol, el de un trozo de brocado recamado en plata, el del corcho de una
botella de vino especial, el de un peine de carey. Grenouille iba a la caza de
estos olores todavía desconocidos para él, los buscaba con la pasión y la
paciencia de un pescador y los almacenaba dentro de sí.
Cuando se cansaba del
espeso caldo de las callejuelas, se iba a lugares más ventilados, donde los
olores eran más débiles, se mezclaban con el viento y se extendían casi como un
perfume; en el mercado de Les Halles, por ejemplo, donde en los olores del
atardecer aun seguía viviendo el día, invisible pero con gran claridad, como si
aun se apiñaran allí los vendedores, como si aun continuaran allí las canastas
llenas de hortalizas y huevos, las tinajas llenas de vino y vinagre, los sacos
de cereales, patatas y harina, las cajas de clavos y tornillos, los mostradores
de carne, las mesas cubiertas de telas, vasijas y suelas de zapatos y
centenares de otras cosas que se vendían durante el día… Toda la actividad
estaba hasta el menor detalle presente en el aire que había dejado atrás.
Grenouille veía el
mercado entero con el olfato, si se puede expresar así. Y lo olía con más
exactitud de la que muchos lo veían, ya que lo percibía en su interior y por
ello de manera más intensa: como la esencia, el espíritu de algo pasado que no
sufre la perturbación de los atributos habituales del presente, como el ruido,
la algarabía, el repugnante hacinamiento de los hombres.
O se dirigía allí
donde su madre había sido decapitada, la Place de Greve, que se metía en el río
como una gran lengua. Había barcos embarrancados en la orilla o atracados, que
olían a carbón, a grano, a heno y a sogas húmedas.
Y desde el oeste
llegaba por esta vía única trazada por el río a través de la ciudad una
corriente de aire más ancha que traía aromas del campo, de las praderas de
Neuilly, de los bosques entre Saint-Germain y Versalles, de ciudades muy
lejanas como Ruan o Caen y muchas veces incluso del mar.
El mar olía como una
vela hinchada que hubiera aprisionado agua, sal y un sol frío. El mar tenía un
olor sencillo, pero al mismo tiempo grande y singular, por lo que Grenouille no
sabía si dividirlo en olor a pescado, a sal, a agua, a algas, a frescor,
etcétera. Prefería, sin embargo, dejarlo entero para retenerlo en la memoria y disfrutarlo
sin divisiones. El olor del mar le gustaba tanto, que deseaba respirarlo puro
algún día y en grandes cantidades, a fin de embriagarse de él. Y más tarde,
cuando se enteró de lo grande que era el mar y de que los barcos podían navegar
durante días sin ver tierra, nada le complacía tanto como imaginarse a sí mismo
a bordo de un barco, encaramado a una cofa en el mástil más cercano a la proa,
surcando el agua a través del olor infinito del mar, que en realidad no era un
olor, sino un aliento, una exhalación, el fin de todos los olores, y
disolviéndose de placer en este aliento.
No obstante, esto no
se realizaría nunca porque Grenouille, que en la orilla de la Place de Greve
inspiraba y expiraba de vez en cuando un pequeño aliento de aire de mar, no vería
en su vida el autentico mar, el gran océano que se encontraba al oeste, y por
lo tanto jamás podría mezclarse con esta clase de olor.
Patrick
Süskind, El Perfume
-¿Qué olores distingue
Amélie? ¿Qué sensaciones percibe a través de la vista? ¿Y del oído?
-¿Cómo llegan esas sensaciones a su vecino? ¿Crees que las percibe de la misma
manera que Amélie?
-¿Cómo crees que se ha sentido su vecino tras la experiencia? ¿Cómo te
sentirías tú?
-Tras el visionado y
la lectura, describe (en unas 8-10 líneas) una sensación olfativa o táctil que
te resulta gustosa.
Tras el visionado y la
lectura, describe (en unas 8-10 líneas) una sensación olfativa o táctil que te
resulta gustosa, como por ejemplo sentirse empapado tras un chaparrón, el olor
a tierra mojada..., etc.















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